Luego de terminar el Mundial de España ’82, un entonces desconocido delantero salvadoreño aterrizó en Cádiz, sin saber que se convertiría en la figura más querida de este centenario club

1980, antesala de la denominada singular década de los ochenta. Numerosos artistas y personajes hicieron de esta una época que quienes la vivieron aún la recuerdan con lágrimas nostálgicas en sus ojos. Denominada la edad de oro de la música, su influencia en el ámbito futbolístico no pasó desapercibida, dejando para la posteridad desde el nacimiento del Dream Team o el de la Quinta del Buitre, pasando por genios como Platini, Zico o Diego Armando Maradona, entre otros.

A su vez, la llegada de esta nueva década situó en el mapa a un humilde país centroamericano de nombre El Salvador. Ciertamente, la población no vivía sus mejores días por aquel entonces. Un conflicto entre las fuerzas militares gubernamentales y una guerrilla insurgente hizo estallar una Guerra Civil que dejó 75.000 familias rotas entre fallecidos y desapariciones durante los doce años en los que se prolongó.

Paradójicamente, su selección de fútbol consiguió evadirse en el césped de los conflictos que rodeaban a su pueblo, hasta lograr una de las mayores gestas deportivas de la historia del país. Tras lograr la clasificación al hexagonal clasificatorio para el Mundial de 1982, los salvadoreños consiguieron el pasaporte al torneo que tendría España como sede, dejando por el camino a la selección mexicana de un joven Hugo Sánchez. Para ello, fue necesario el gol de un joven atrevido que dio la victoria a El Salvador por 1-0 ante México luego de una excelente jugada individual iniciada en el centro del campo y culminada tras dejar a tres rivales por el camino. El nombre de aquel tipo era Jorge Alberto González Barillas (San Salvador, El Salvador, 13-III-1958).

Mágico González, con la selección de El Salvador. Fuente: Twitter @alertux

El intrépido atacante había llevado a su selección por segunda –y, hasta ahora, última– vez en su historia hasta el evento más importante del balompié. Desafortunadamente para los suyos, los salvadoreños abandonaron España luego de perder los tres partidos de fase de grupos ante Hungría, Bélgica y Argentina. Sin embargo, hubo un futbolista de aquella expedición que no tardaría en emprender el viaje de vuelta.

A pesar del paupérrimo paso de la selección centroamericana, un desconocido de nombre Jorge Alberto llamó la atención de varios equipos por su descaro. Entre ellos, destacaba el interés del Atlético de Madrid o del PSG. Con este último se dice que incluso llegó a citarse con sus directivos. Sin embargo, el compromiso exigido por el club francés le hizo retroceder, hasta el punto de no presentarse a la reunión. Finalmente, fue Manuel Irigoyen quien le convenció mediante una comida informal en el municipio de San Fernando de que su lugar estaba en el Cádiz CF.

El Mago llegaba al Ramón de Carranza para apuntalar un proyecto prometedor que tenía como objetivo asentar al Cádiz en la Primera División. Los resultados no tardaron en llegar. En la misma temporada de su debut (1982/1983), el equipo gaditano lograría el ascenso a la categoría reina. Por su parte, la contribución del flamante fichaje fue de 14 goles, convirtiéndose en el ídolo indiscutible del Carranza. El nombre de Jorge Alberto pasó a la historia en sustitución del cada vez más popular viejo apodo de Mágico, amado por la ciudad. La gente acudía al estadio simplemente por el espectáculo de ver jugar a alguien de semejante calidad, aun no siendo amantes del fútbol en sí.

Mágico, en su presentación con el Cádiz CF. Fuente: Twitter @footters

En su primera experiencia en el fútbol de élite consiguió igualar sus registros goleadores de la campaña anterior. No obstante, no fue suficiente para que su equipo salvase la categoría. Pese a ello, el genio decidió continuar en Cádiz, a pesar de las numerosas ofertas que le llegaron por parte del PSG o la Fiorentina. Se rumorea incluso que, consciente de la presencia de ojeadores del Calcio cerca de él, llegó a jugar mal a propósito algún que otro encuentro. Él era feliz en Cádiz, su cultura, su clima, su gastronomía. Por otra parte, su polémica vida extradeportiva hizo estallar a principios del año 1985 a su entonces entrenador, Benito Joanet, rompiendo, aunque fugazmente, la vinculación del Mago con el Cádiz CF.

En enero de 1985 se oficializó su llegada al Real Valladolid. Nada que ver con el clima sureño, el talentoso artista se vio inhibido debido al frío y al estrecho marcaje impuesto por su nuevo club con el fin de no dejarle indagar en la noche vallisoletana. A su vez, se encontró con multitud de lesiones que tan solo le permitieron jugar en diez ocasiones como blanquivioleta, anotando tres goles. Mágico no era feliz con su nueva vida. Los constantes protocolos de orden y múltiples normas disciplinarias impuestas no casaban con su concepto del fútbol y de vida. Debido a ello, el jugador abandonó el equipo a final de temporada, volviendo tras un año de vaivenes por América a su querido Cádiz CF.

Nuevamente en tierras andaluzas, González recuperó la sonrisa, reencontrándose con una parroquia que siempre le fue fiel. Por otra parte, su somnolencia crónica, ausencias en los entrenamientos, su afición por la vida nocturna y las juergas le trajeron nuevamente varias discrepancias con sus entrenadores. Entre ellos, la más sonada fue la protagonizada con David Vidal, hasta el punto de relegarlo a la suplencia. Estallaba una especie de guerra interna en la que la afición se posicionó del lado de su hijo pródigo. Debido a ello, el técnico gallego terminó siendo cesado. Años después, el veterano trotamundos de los banquillos recuerda con cariño aquellos días, admitiendo la calidad incuestionable de un tipo único en todos los aspectos.

El salvadoreño enamoró al Carranza con su inmensa calidad. Fuente: Twitter @Cadiz_CF

Su vínculo con la ciudad sureña era la de un cuento de amor, hechos el uno para el otro. Un cuento que llegó a su final en junio de 1991. Más allá de sus 60 goles en 201 partidos con la camiseta del club amarillo, dejaba toda una ciudad que se rindió durante una década a uno de los futbolistas más talentosos que ha dado este deporte, y que agradecerán por siempre haber tenido tan cerca de ellos.

El genio volvía a casa para dar sus últimos coletazos como futbolista, pasando ocho años en el CD FAS salvadoreño antes de anunciar su retirada en el año 2000.

Veinte años más tarde, y con su Cádiz del alma en plena lucha por volver a Primera División, su recuerdo se mantiene latente en el Ramón de Carranza. Un estadio que se rindió a él. Que le perdonó todos sus resbalones, ya que cuando se vestía la zamarra amarilla, su rendimiento nunca se vio resentido a causa de su vida lejos del césped. Todo un personaje de los que ya no quedan, adorado y reconocido por muchos. Incluso el propio Diego Armando Maradona llegó a decir que el salvadoreño estaba por encima de él.

A su vez, acompañado de todos estos elogios populares, siempre le han acompañado las muletillas del estilo de “qué lástima que no supo cuidarse, que lástima que no fue profesional”. Por otra parte, el gran secreto de Mágico puede que residiese precisamente en su personalidad. Se trataba de un futbolista de lo más completo, cuya calidad se albergaba tanto en su pierna zurda como diestra, dominante tanto del golpeo a tres dedos como del interior, y con una habilidad innata para dejar atrás a aquellos defensores que osaban apagar su luz. Sin embargo, nunca entendió el fútbol como un trabajo, sino como una vía de diversión para la que era todo un superdotado.

Puede que con más trabajo y entrenamiento su puesta a punto y su físico se hubiesen visto fortalecidos. No obstante, lo que le movió siempre fue la alegría de vivir. El pueblo gaditano le hizo feliz. Ante ello, su mayor gesto de agradecimiento lo dio cada vez que pisó el campo, regalando auténticas exhibiciones para deleite de sus vecinos. Jamás sea recordado mundialmente como aquellos que alcanzaron el olimpo, con grandes carreras y títulos en equipos de élite, pero tampoco nunca lo buscó. Tan solo quiso ser feliz, y lo consiguió.

«Reconozco que no soy un santo, que me gusta la noche y que las ganas de juerga no me las quita ni mi madre. Sé que soy un irresponsable y un mal profesional, y puede que esté desaprovechando la oportunidad de mi vida. Lo sé, pero tengo una tontería en el coco: no me gusta tomarme el fútbol como un trabajo. Si lo hiciera no sería yo. Sólo juego por divertirme».

‘Mágico’ González

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