Repaso a la trayectoria de quien, sin ser un nueve nato, alejado del prototipo de ariete clásico del equipo, se convirtió en el delantero centro titular del Athletic campeón de dos ligas y una Copa en los ochenta.

«Oye, chaval, ¿quieres venir al Athletic?»

Quién pudiese ver lo que pasó por la cabeza de Manolo aquel día. Probablemente, aquella ilusión de su hermano Lázaro por vestir la rojiblanca. Aquella frustración del mismo Lázaro por ver truncado su sueño por la condición de haber nacido en tierras jienenses. La promesa de un hermano de llegar al primer equipo en su honor, y la tozudez por cumplirla hasta el punto de dedicarle hasta la última de sus fuerzas al esférico. Años después, llegaba la proposición que tantas veces había soñado con oír, la recompensa al trabajo sin descanso, y no por parte de cualquiera. Ni más ni menos que por parte de Piru Gainza.

Originario de Torres (Jaén), Manu Sarabia (9-I-1957) nació en el municipio vizcaíno de Gallarta, con su familia ya instalada en tierras vascas. Gracias a ello, él sí tuvo la oportunidad de jugar en el Athletic, de acuerdo a la filosofía del club. A los 18 años, comenzó su andadura en Lezama de la mano de Koldo Aguirre en el filial, el mismo que le haría debutar con el primer equipo. No obstante, la falta de minutos de llevó al Barakaldo CF en forma de cesión durante la temporada 1977/1978.

Sarabia, posando con la camiseta del Athletic Club. Fuente: pinterest.es

Tras dejar su sello en forma de 14 goles, regresó a Bilbao, donde tampoco consiguió hacerse con un hueco en el once. Sus 15 titularidades con Koldo en el banquillo se vieron reducidas a seis en la campaña 1979/1980, con Helmut Senekowitsch al mando, quien dejó una frase para el recuerdo para aquellos que le pedían que le diese más oportunidades: “Si Manolo no corre, Manolo no juega”.

Las raíces del Athletic campeón

El austriaco duró una temporada y dos partidos, siendo sustituido por Iñaki Sáez. El también ex-rojiblanco, además de mejorar la imagen del equipo, contó con mayor frecuencia con Sarabia. Gracias a ello, el de Gallarta logró alcanzar la decena de goles, solo superado por Dani (17) y Argote (12). Dicho por el propio Manuel Sarabia, ahí se comenzó a cimentar el que acabó siendo un equipo histórico.

Con el nuevo curso y la llegada de Javier Clemente al banquillo, Sarabia tuvo que ganarse con números y esfuerzo su lugar. Él no era el característico nueve del Athletic, ariete y cabeceador. Manu era un delantero distinto, muy elegante, más zurdo que nadie. Sus particulares características físicas le hicieron ganarse el apodo de la pantera rosa. Con más alma de constructor que de ejecutor, como él mismo afirma, acabó siendo delantero por casualidad. Es por ello por lo que le costó entrar en los planes del Rubio de Barakaldo. No obstante, sus 13 goles en esa temporada acabaron convirtiéndole en un pilar fundamental del siguiente e inolvidable curso 1982/1983.

Sarabia, emocionado tras cantar el alirón en el Insular. Twitter @Manu_ferreti

A juicio del propio Manu, el Athletic era el mejor. Sin fisuras, con un equipo de lo más equilibrado, y teniendo en cuenta el ejemplo reciente de la Real Sociedad, creía que el sueño de ganar la Liga era posible. Y así fue. Después de 33 largas jornadas, los leones llegaron al estadio Insular de Las Palmas con la obligación de ganar y esperar un pinchazo del Real Madrid para ser campeones. Sin apenas presión, y dando por hecha la victoria blanca, los leones golearon en tierras canarias por 1-5, con doblete de Sarabia. Sin embargo, la sorpresa mayúscula llegó desde Mestalla. Con un gol de Miguel Tendillo, el Valencia dirigido Koldo Aguirre derrotaba al Real Madrid. Por lo tanto, el alirón se trasladaba al Insular. El Athletic era campeón de Liga.

La alegría inundaba el vestuario rojiblanco. Sus jugadores, cuerpo técnico, aficionados lloraban de satisfacción por un título que parecía imposible horas antes. Entre ellos, destacaba la emoción y el llanto de Manu Sarabia. El de Gallarta, que cumplía su sueño de ser campeón con el equipo de su infancia, se mostraba impresionado al oír en boca de Gainza, el mismo que le llevó hasta ahí, “no sabéis lo que habéis hecho”. Pocos días después lo entendió. Miles de personas celebraron ese título, el que precedió al histórico doblete del año siguiente. Al nuevo hito liguero se le sumó la consecución de la Copa, derrotando al FC Barcelona por 1-0 en la final. Las dos márgenes de Vizcaya se unieron para celebrar el triunfo que el equipo brindó a bordo de la mítica Gabarra. En ese momento, Sarabia afirma que conoció lo que era verdaderamente la felicidad.

Aquella generación celebró sus éxitos por todo lo alto subidos a la Gabarra. Fuente: marca.com

En 1988, con el mal trago por el desencuentro con Clemente, destituido en 1986, el delantero puso fin a su trayectoria en el equipo bilbaíno a los 31 años, y consumar sus últimos tres años de fútbol en el CD Logroñés.

Para el recuerdo quedó un delantero único, que modernizó el concepto del nueve clásico, con un talento inmenso que no dejó indiferente a nadie en la Catedral. Gracias a todo esto llegó a ser internacional en 15 ocasiones, en las que vio puerta dos veces. Una de ellas la undécima diana del España 12-1 Malta. Una figura atípica entre los nueves más tradicionales e incluso modernos que han pasado por el Athletic Club, pero que con 118 goles le dio al Athletic sus últimos grandes triunfos. Aquel que junto a Dani, Argote, Liceranzu, Goikoetxea, Zubizarreta o De Andrés, entre otros llevó la felicidad a una afición que no levantaba una liga desde 1956.

Entre los que más pudieron disfrutar de la trayectoria de Manu se encuentra su hijo mayor y actual ayudante de Quique Setién, Eder Sarabia. Sus innegables facultades para la dirección técnica enamoraron al entrenador cántabro, al que ha acompañado desde su periplo en Las Palmas hasta llegar al banquillo del FC Barcelona. Sin embargo, la forma de vivir los partidos que muchos afirman haber heredado de su padre le hicieron acaparar las cámaras durante los últimos encuentros de su equipo antes del parón de Liga.

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